En la Cueva de Las Damas, también se cuentan leyendas del Litueche de antes…
Por: Simón Aquiles Hernández Reyes
En el corazón de la comuna de Rosario Lo Solís (Litueche), donde los cerros parecen juntarse con la fuerza del viento que sopla del Pacífico, existe un sector llamado Las Damas. Allí, escondido entre zarzamoras, boldos, espinos y lajas desnudas, descansa el Fundo La Cueva. Y no lleva ese nombre por capricho: en sus tierras se abre la gran boca negra de una caverna que, dicen los más antiguos, no tiene fin.
Nadie sabe quién la encontró primero. Algunos aseguran que fue un lonco que buscaba refugio de una gran tempestad; otros, que la tierra misma la escupió una noche de tormenta. Lo cierto es que La Cueva de Las Damas guarda más de un secreto que ni las estrellas del cielo de nuestro secano son dignas de revelar, pero que aquí te revelamos más de uno.
La Cueva de Las Damas, Litueche
Por años, hombres y científicos han intentado descifrar sus misterios. Cuentan cosas tan extrañas y raras como la vida misma. Un día las universidades llegaron con sus instrumentos y máquinas; los más curiosos, con linternas nuevas y sus respectivas baterías sin uso. Pero la Cueva es la cueva y, al cruzar su umbral, algo inédito y curioso sucede:
Las baterías se mueren sin explicación alguna, las cámaras se apagan como si la cueva les robara hasta el más profundo aliento, y las brújulas parecen perder su rumbo y giran locas buscando un norte que parece no existir. “La cueva no quiere testigos”, murmuran los antiguos y trabajadores del lugar, como dando la razón y comprendiendo el comportamiento de esta caverna.
Adentro, el mundo cambia. Galerías que se bifurcan como raíces de grandes y añosos árboles. Algunas terminan en pozas de agua negra que parecen espejos del cielo nocturno. Otras se vuelven tan angostas que ni un niño podría pasar. Y hay una, dicen, que respira. Una que baja hasta el mismísimo inframundo donde rasguñan las almas que no han sido buenas en esta vida.
Los más viejos y observadores juran que La Cueva es un ojo de mar. Que bajo la tierra corre un túnel que desemboca en las arenas de la lejana hacienda de Topocalma, donde otra cueva igual de infinita espera. Y para probarlo, cuentan una historia local que nadie ha olvidado y vuela de boca en boca:
Hace muchos inviernos, un hombre valiente e intrépido, trabajador del fundo y conocedor de la Cueva, se atrevió y, sacando toda su valentía, se adentró en el laberinto junto a su fiel perro, un quiltro negro de mirada sabia. “Vuelvo en la tarde”, dijo y, con un morral con una galleta en su interior, decidido y apresuradamente, como no queriendo echar pie atrás en su decisión, se echó a la aventura que lo carcomía por dentro. Pero la tarde se hizo noche, la noche se hizo semana, y la semana se volvió un silencio espeso que se metió en las viejas y deterioradas casas de quincha y barro que parecían también esperar al intrépido conquistador de la cueva.
Su familia acampó en la entrada. Diez días. Diez noches. Comiendo tortilla fría, durmiendo con la manta, algunos sobre paja y otros arriba de las lajas desnudas, con el oído pegado a la tierra por si sentían pasos. La cueva respiraba, pero no devolvía nada; todo lo callaba para ella con gran sigilo.
Pero, al décimo día, el viento cambió…
En la lejana playa de Topocalma, la mar estaba brava, las olas daban fuertes golpes a las piedras, las gaviotas y los albatros no querían sacar los frutos del mar por miedo a ser derribados. A lo lejos, dos pescadores que apenas se sostenían por el fuerte viento recogían y doblaban sus viejas redes. De pronto algo cambió:
Las aves volaron lejos, las olas parecieron calmarse y hasta el viento se aplacó, como queriendo que todo el mundo escuchara cuando el roquerío crujió, lo que permitió que una gran grieta, que nunca habían visto, viera de nuevo el sol y de ella salió un inesperado, gran y escalofriante aullido. No de gaviota. No de lobo de mar. Era un aullido ronco, quebrado, casi humano
Y entonces los vieron.
Ahí estaba. Del hoyo negro entre las rocas, primero emergió un hocico. El quiltro negro, empapado, con los ojos rojos de sal y de algo más… de haber visto lo que ningún perro debería ver. Atrás, arrastrándose casi como una gran boa, venía el hombre.
No caminaba. Gateaba tal como hacen los guerreros después de una gran batalla. Desnudo de cintura para arriba, con la piel cortada por la roca y dibujada con barro negro. Sus ojos grandes, blancos. Perdidos. No miraba el mar. No miraba a los pescadores. Miraba hacia adentro, como si su alma se hubiera quedado atrás, en el túnel.
Los pescadores corrieron a ayudarlo. Pero cuando lo tocaron, el hombre se encogió como si lo quemaran. No gritó. No habló. Solo apretó al perro contra el pecho y tembló. Tembló por tres horas seguidas, sin parar, aunque el sol de la tarde lo golpeaba.
Lo llevaron de vuelta al fundo. Su madre le mojó la cara, su mujer le habló al oído. Nada. El hombre y su cuerpo estaban ahí, pero “su alma” no estaba. Tenía la boca cerrada con llave. Solo de noche, cuando todos dormían, se sentaba en el catre y miraba fijo hacia el cerro, hacia Las Damas, y las lágrimas le bajaban sin ruido.
Vivió cinco días más. Cinco días sin comer, sin dormir, sin decir una palabra de lo que vio allá abajo. Al sexto amanecer, no despertó. Se lo llevó lo que sea que respiró en ese túnel.
El perro no se apartó ni por un minuto de la entrada de La Cueva. No comió más. Aullaba a la luna y después se quedaba quieto, mirando la oscuridad, como esperando que su amo volviera a salir. A la semana, murió también. Con los ojos abiertos, clavados en el cielo negro y frío como queriendo contar lo que vio en el interior de la Cueva de Las Damas.

Recuerda, son solo leyendas….
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