La Coilera del Diezmo, una nueva leyenda, un nuevo mito de Litueche, antes Rosario Lo Solís.
Por: Simón Hernández Reyes

Me dijo una vez mi abuelo, que antes que él fuera guaina, en el fundo de Ucúquer caían unos aguaceros que inundaban todo. Crecían los esteros, los campos eran verdaderas lagunas, era un paisaje extraño si hasta parecía fin de mundo. Los animales se llegaban a entumir por la humedad y el frío, o bien porque se ablandaban las laderas de los cerros y esto hacía que los vacunos se enterraran o desriscaran, lo que las hacía perecer. Eran tiempos terribles tanto para el hombre como para los pobres brutitos que vivían a campo abierto.
Sin embargo, aquellas lluvias también traían bendiciones. Los campos reverdecían como nunca y los árboles, arbustos crecían con una fuerza extraordinaria y lo más importante, no faltaba el agua para el consumo de los seres vivos ni para las chacras. Entre las maravillas destacaban los coiles, cuyas enredaderas daban vida a enormes y frondosas coileras.
El coile es una enredadera que produce un fruto dulce y sabroso, de color amarillento y lleno de semillas en su interior. Cuando las temporadas eran buenas, los frutos abundaban tanto que parecía que la naturaleza quisiera recompensar los sufrimientos del invierno.
En aquel Ucúquer de antaño vivía un hombre avaro y tacaño. Lo único que deseaba era hacerse rico sin el menor esfuerzo. Era conocido por toda la vecindad, y pocos querían hacer negocios con él, pues era sabido que más de una pillería se traía entre manos, por ello casi no tenía amigos y siempre se le veía solo.
Cierta tarde, cuando este campesino, pillo y vivaz, descansaba bajo la sombra de un viejo espino, aprovechando de urdir artimañas para engatusar a los ingenuos campesinos que se sacrificaban para llevar el sustento a sus hogares, apareció de pronto, por el largo y pedregoso camino, un anciano que nadie parecía conocer ni de dónde había venido.
Era un hombre muy viejo, de barba larga y muy blanca, sombrero gastado por el sol y un poncho de lana muy oscuro que no se sabía si era el color o la suciedad. Para apurar sus pasos, caminaba apoyado en un bastón de quila y sus ojos azules, como dos zafiros, tenían un brillo extraño, difícil de explicar. Parecía uno de esos viejitos que aparecen de repente en los caminos y de los que nadie sabe de dónde vienen ni hacia dónde van.
El hombrecito se fue acercando poco a poco junto a Don Álvaro. Cuando estuvo a su lado se detuvo y lo observó en silencio durante unos instantes, sin decir palabra alguna.
Luego le dijo:
—Alvarito, por si le interesa, patroncito, la gran coilera del Diezmo está más cargada que nunca. Hay coiles tan amarillos que parecen oro y tantos que ningún hombre podría terminar de recogerlos, y su sabor es más intenso que el de años anteriores.
Aquellas palabras iluminaron la cara del campesino y a la vez hicieron palpitar su corazón a mil por hora, despertando de inmediato esa codicia tan a flor de piel que lo caracterizaba.
—¿Y quién le contó eso, amigazo? —preguntó con ansiedad.
El anciano sonrió apenas.
—La tierra siempre habla para quien sabe escucharla.
Y sin agregar una sola palabra más, afirmó fuertemente su bastón y siguió su camino a paso lento pero muy seguro, hasta perderse en una cerrada curva.
Don Álvaro permaneció unos segundos pensativo, impávido y atrapado por la codicia que ya comenzaba a llamarlo. Pero cuando levantó nuevamente la vista para seguir conversando con el desconocido, este ya había desaparecido.
El camino estaba vacío.
Ni una persona.
Ni una huella.
Solo el viento movía las ramas del espino y levantaba remolinos de polvo sobre la tierra seca. Los pájaros seguían picando semillas, es como si los testigos de aquella interesante conversación no quisieran emitir comentario a Don Álvaro.
Aquella noche, Don Álvaro apenas pudo conciliar el sueño. En su mente no dejaban de aparecer aquellos frutos amarillos como el oro y el dinero que llegaría a repletar sus profundos bolsillos.
No quería esperar ni un solo segundo de su vida, quería partir ya.
Necesitaba aquellos coiles, era imperativo, casi una sentencia.
Los ansiaba.
Los quería todos para él.
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas mostraba sus primeros rayos y los gallos lanzaban sus últimos cantos, tomó un enorme canasto de mimbre y se las emplumó a tranco ligero, con rumbo seguro hacia la famosa coilera del potrero Diezmo.
Al llegar al lugar, Álvaro miró impávido la coilera y la verdad era que el misterioso anciano se había quedado corto en su descripción.
La coilera estaba deslumbrante.
Parecía tener luz propia, se podría decir que brillaba como un gran lingote de oro esperando ser arrancado de la tierra.
Las hojas de la enredadera lucían un verde intenso, vigorosas y brillantes por donde se les mirara. De sus ramas colgaban frutos enormes, amarillos como el oro, agrupados en racimos tan abundantes que jamás se habían visto otros semejantes.
Y el aroma… ni qué decir.
Desde lejos se percibía aquel perfume dulce que parecía un regalo caído del cielo.
Al verla, la codicia de Don Álvaro creció todavía más, inundando todo su ser, era un sentimiento sublime del cual era preso y del cual no podía ni quería escapar.
Quería todos los frutos para él.
No sabía cuál cortar primero. Si escogía uno hermoso, descubría otro aún más grande y perfecto. Si tomaba uno dorado, aparecía otro más brillante.
Su alma avara estaba confundida y fuera de control.
Solo pensaba en una cosa.
Llenaría su canasto hasta rebalsarlo, viajaría hasta el pueblo de Rosario Lo Solís y vendería aquella cosecha.
Porque, según él, no estaría vendiendo simples coiles.
Estaría vendiendo oro puro.
Y así lo hizo.
Arrancó cuanto fruto pudo encontrar. No dejó para los pájaros, ni para los niños, ni para nadie. Ahora solo brillaba el verdor de las hojas de la planta.
Cuando terminó, la enorme coilera parecía despojada de su riqueza.
Luego emprendió viaje rumbo a Rosario Lo Solís.
Al llegar al pueblo, los coiles llamaron inmediatamente la atención de los lugareños ya que nunca nadie había visto frutos tan hermosos.
Su color dorado brillaba bajo el sol y parecía encandilar a quienes los observaban.
Pronto se reunió una multitud para ver semejante novedad.
Entre ellos apareció un comerciante forastero que quedó maravillado con la mercancía.
—Le compraré todo el canasto, patrón.
Don Álvaro sintió que el corazón se le quería salir del pecho. Al fin la riqueza tan esperada, pensó para sus adentros este campesino avaro.
Después de regatear para obtener el mejor precio posible, como era su costumbre, consiguió un precio extraordinario por su maravillosa mercancía.
Cuando recibió el dinero en sus manos creyó que, por fin, se había convertido en el hombre más rico de toda la comarca, no había otro que se le igualara.
Pero apenas el comerciante tomó uno de los coiles para mostrarlo a los presentes y degustarlo, ocurrió algo imposible… Algo que nunca nadie había visto y siquiera en el más grande hechizo de brujería…
El fruto comenzó a oscurecerse.
Luego se arrugó.
Después se deshizo lentamente entre sus dedos.
Uno tras otro, todos los coiles fueron perdiendo su brillo dorado.
Ante la mirada atónita de la multitud se transformaron en una mezcla de hojas secas, ramas podridas y basura maloliente.
El comerciante retrocedió horrorizado.
—¡Me ha querido engañar!
La gente comenzó a murmurar. Los menos corrieron asustados por lo que acababan de presenciar, diciendo que no era obra de Dios.
Algunos reían, no se sabía si era de nervios o por ver cómo salía de este embrollo el tacaño de Álvaro.
Otros lo insultaban, y aprovechaban de maldecirlo aún más debido a rencores acumulados y el odio que les embargaba por este ser humano avaro y tacaño.
Y entonces ocurrió algo aún peor.
Don Álvaro sintió un calor insoportable en el bolsillo donde guardaba el dinero.
Metió la mano rápidamente.
Los billetes ardían.
Intentó sacarlos.
Pero ya era tarde.
El dinero comenzó a ennegrecerse y a consumirse como si una llama invisible lo estuviera devorando.
En pocos segundos no quedó nada.
Solo cenizas.
Cenizas que el viento levantó y dispersó por las polvorientas calles de Rosario Lo Solís.
Don Álvaro cayó de rodillas.
Había perdido los coiles.
Había perdido el dinero.
Y también la poca honra que le quedaba.
Fue entonces cuando recordó las palabras del anciano.
—La tierra siempre habla para quien sabe escucharla.
Dicen los más viejos que, al levantar la vista, alcanzó a ver a lo lejos, junto al camino, la figura de aquel anciano de barba blanca apoyado en su bastón de quila.
El hombre sonreía y sus ojos azules parecían relucir de felicidad.
Pero cuando Don Álvaro quiso acercarse a él para reprocharle, desapareció como si jamás hubiera existido.
Desde entonces, los antiguos cuentan que la gran coilera del Diezmo nunca más volvió a dar frutos tan abundantes y maravillosos.
Y también dicen que la tierra, tarde o temprano, siempre encuentra la manera de castigar la codicia de quienes pretenden quedarse con todo para sí.
Y el anciano… Ah!!! Dicen que aún transita por estos caminos, buscando algún tacaño o avaro a quien dar una lección de vida.

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