Una breve historia de Duendes en Ucuquer, en Litueche, descúbrela con nosotros
Por: Simón Aquiles Hernández Reyes
Hace muchos años, en nuestro gran y hermoso fundo de Ucuquer, hubo muchas casas de quincha y con techo de paja o de totora, estas eran muy pero muy precarias. En ellas habitaban humildes y numerosas familias y además con muchos niños y niñas que jugaban y recorrían el campo mientras crecían. Estos niños iban a jugar a orillas de los esteros, cerros y quebradas.
Cuenta la leyenda que un día un grupo de estos niños se encontró con tres juguetones duendes que empezaron a brincar con ellos, a bromear y a hacerse muy amigos… Fue así como estos niños, al finalizar la jornada, invitaron a los duendes a vivir a su casa con ellos.
Los duendes, gustosos de esta invitación, se fueron con los niños a hasta su modesta casa de campo… Una vez allí los duendes se hicieron invisibles y entraron a la casa. Durante las noches se mostraban y jugaban con los niños. Pero estos fueron creciendo, dejando de lado a sus invitados hasta abandonar el lecho de sus padres. Los Duendes se empezaron a molestar y enojarse, por lo que hacían todo tipo maldades dentro de la casa, como hacer desaparecer cosas, quebrar otras, etc. Los dueños de casa ya no sabían qué hacer, estos hombrecitos los tenían enojados, enfermos y desesperados.
En eso, el dueño de casa empezó a visitar a curanderos y hombres de fe que sabrían cómo enfrentar a estos pequeños demonios. Hizo una y otra artimaña que le recetaron para echarlos de la casa, pero lo único que logró fue enfurecer más y más a los duendes juguetones que ya no eran tan jugetones y se habían vuelto casi demoniacos.
En eso, un día, pasó un viejito andante y se dio cuenta de inmediato de lo que sucedía en esa humilde casita de campo. ¡¡¡Tiene duendes!! Les dijo, me percaté de inmediato… Luego añadió: son tres y están molestos porque los niños que los invitaron ahora crecieron y dejaron de jugar con ellos, y no se van porque van esta casa como de ellos ya que fueron invitados y ahora la sienten que es de ellos.
Los dueños de casa quedaron admirados y le comentaron que en realidad ellos han buscado cómo sacarlos de la casa y no han podido, hasta brujos han venido pero han debido irse porque los duendes son más vivos que ellos y los echan.
El viejito les dijo: Vamos afuera a conversar, ellos nos están escuchando.
Salieron de la casita, se sentaron en un escaño para aprovechar los últimos rayos de sol de aquel otoñal día y el viejito sacó un gran libro con tapa de cuero y letras doradas de su sucio y viejo morral y empezó a hojearlo con mucha delicadeza… ¡¡¡Aquí está!!! Agregó.
Y procedió a leer en voz baja y clara, temiendo que los duendes pudieran oír: «Los duendes además de ser juguetones son muy copuchentos y no dejan que se les escape nada a la vista ni al conocimiento». El matrimonio ponía mucha atención a este misterioso hombrecito, el cual continuó: «Para expulsarlos de sus casas deben poner en un saco lo más valioso de la familia y decir en voz alta… ¡¡¡Mañana temprano llevaremos este regalo a nuestros compadres!!!». Y luego les mostró cómo continuaba la leyenda.
Decidieron en conjunto hacer este experimento esa misma noche… El hombre de la casa ensilló su caballo y lo dejó pastando en la pesebrera, mientras su mujer buscaba un saco y una amarra bien firme.
Cuando hubieron cenado, el hombre fue a la pieza y tomó un hermoso reloj de oro que les habían regalado sus padres como regalo de boda y reliquia familiar y dijo a viva voz: ¡¡¡Mujer, mañana llevaré este regalo a mis compadres, acá está ocupando espacio y no lo necesitamos!!! El reloj de oro aquella noche relucía como nunca. Acto seguido dejaron el saco en el suelo y se dieron las buenas noches para irse a dormir… Pero el viejito y el hombre se quedaron observando, ya que dejaron hasta el chonchón encendido en el comedor.
No pasó mucho rato cuando de la nada aparecieron los tres duendecillos y fueron directo al saco a husmear qué es lo que llevarían de regalo. Los tres se metieron adentro del saco y cuando esto pasó, los dos hombres se abalanzaron sobre ellos y cerraron muy bien el saco con una gran soga roja la cual sobresalía por ser gruesa y firme.
El hombre, armándose de valor y coraje, como pudo tomó el saco con los tres duendes en su interior resongando y manoteando, montó en su caballo alazán y a todo galope se dispuso a llevar el saco a donde el hombre le había dicho: este saco debía ser abierto en un lugar donde hubiera camino y que estuviera entre dos esteros ya que los duendes son muy cobardes para el agua. Viendo el hombre que el lugar ideal era la entrada al fundo de Ucuquer por San Vicente de Pucalán. Cuando llegó al lugar desató un poco el saco y lo tiró arriba de unas matas de zarzamora y se fue a todo galope.
Cuando llegó a la casa su mujer lo esperaba impávida, ya que el viejito había desaparecido junto con los duendes… Los esposos se abrazaron y dieron gracias al misterioso hombrecito por haberlos librado de esos molestosos duendes juguetones.
La historia cuenta que hoy en día entre el estero Chico de Quiñicaben y el badén grande del estero El Rosario aún se ven y viven estos tres duendes juguetones esperando a que pase algún niño y los invite a vivir con ellos. Los adultos que los han visto aseguran que les tiran piedras, espantan sus caballos y preguntan por el hombre que los fue a botar, como queriendo pedir que los lleven para vengarse de él.
Conoce más sobre nosotros AQUÍ
Descarga nuestra APP AQUÍ
Sigue a Simón AQUÍ